Diciembre de 1980, vísperas de Navidad.  Rafael Díaz Fernández pitaba en Torrejón ( Madrid ) un 2ª B, del cual no recuerdo quien era el equipo visitante. Los jueces de línea éramos Manolo Calvo Perlés y yo.

Aunque el Torrejón jugaba siempre por la mañana, hacía un frío que pelaba. Del partido lo único que recuerdo es que salió todo bien.

La vuelta la hicimos en un vuelo ya de noche. En el asiento del avión a mí me tocó detrás de mis compañeros. Estaba pegando una cabezada cuando ví que al lado de ellos estaba sentada una oriental muy guapa , con la que se traían un gran cachondeo, diciéndoles que eran toreros que venían de actuar en Las Ventas. Yo pasé de todo y seguí durmiendo.

Cuando llegamos al aeropuerto de Málaga, la cosa cambió. A Rafa venía su novia a recogerlo y Manolo tenía que ir a su domicilio conyugal, así que dejaron los filtreos y las bromas con ella. Así que Calvo , la chica y yo cogimos un taxi. Ella dijo que no tenía hotel, y mientras íbamos primero a dejar a Manolo a su casa, le dije que si quería se podía quedar en mi casa.

Mi amigo , vecino, compañero de clase y también árbitro, Antonio Rodríguez Gómez , conocido como ¨El Pirata “ , se había ido a hacer el servicio militar a San Clemente de Sasebas, Gerona, cerca de los Pirineos, y como vivía solo en una pequeña casa mata en el barrio del Ejido me la había alquilado, porque a mi me venía muy bien tanto para estudiar como para picadero y encima podía seguir yendo a comer a casa de mis padres que vivían muy cerca.

Ella accedió, pero en cuanto estaba empezando a relamerme los labios, el cuento de la lechera se vino abajo. Me dijo que había venido a Málaga para ir a Melilla, donde su novio , un rico industrial de naranjas valenciano, hacía la mili. Como soy un caballero ( y con título, de la Orden de Carlos V ) me olvidé de proponerle compartir habitación , le mostré la suya y nos despedimos con unas educadas buenas noches.

A la mañana siguiente comprobamos que ni había plaza para ningún vuelo a Melilla hasta pasados los Reyes y lo mismo con los barcos de la Transmediterránea.

Mi padre era comisario de policía y le consiguió un hueco en el barco para ese mismo día.

Y hasta que llegó la hora del embarque me contó su vida.

Se llamaba Visaka Kemire, hija del primer ministro de Camboya en el exilio porque los kmeres rojos habían puesto precio a su cabeza. Vivía en París, estudiaba en la Sorbona y es la asiática más guapa que había visto nunca.

Al despedirse se quitó el collar de plata que adornaba su cuello, lo puso en el mío, me dio un beso en los labios y me dijo que no me olvidaría nunca.

En el arbitraje, al contrario de lo que ocurre en la mayoría de los otros viajes, el de vuelta suele ser más entretenido que el de ida.

 

Ángel López Rubio