Breve repaso a unos años irrepetibles

El Colegio de árbitros de fútbol de Málaga hace más de cincuenta años, allá por la década de los años sesenta del pasado siglo XX, estaba situado en un viejo caserón de la Calle San Telmo. Era, territorialmente hablando, el mismo corazón de la ciudad habida cuenta que toda la bulla diaria se cocía por aquel sector de la Plaza de José Antonio, Larios, Compañía, Mártires, Andrés Pérez o Santa Lucía, además de otras claro está.

Si bien es cierto que la calle San Telmo, angosta y con escaso atractivo, siempre fue una calle de tercera categoría. Las cosas ya hemos visto cómo han cambiado  desde entonces pero lo cierto es que era muy cómodo para moverse e incluso para llegar a pie, en bicicleta, ciclomotor, moto o  automóvil. Recuérdese que se podía aparcar en casi todo el sector mencionado y además, los autobuses y sus paradas correspondientes tenían sus bases en Puerta del Mar, Atarazanas, Plaza de la Marina, etc.

 

Un Colegio más bien pequeño

Aquel Colegio de árbitros, en lo que al edificio respecta, no era como para presumir de diseño arquitectónico precisamente. Situado en la planta baja, es cierto que proporcionaba un fácil acceso. Pero el recinto era tan sumamente pequeño y desvencijado, que para moverse era menester solicitar permiso al de al lado, evitar estar entrado en kilos y no llevar paquetes bajo el brazo ni objetos que pudieran entorpecer el paso. La oficina en la que se gestaba todo el tinglado burocrático debía medir alrededor de tres por tres metros, situada junto a un pequeño patio, una vez recorrido el pasillo inicial de entrada.

 Allí, sobre dos mesas de reducido tamaño se amontonaba el papeleo propio de una entidad en la que más de ciento cincuenta personas con sus correspondientes expedientes, acudían cada semana para retirar su nombramiento de partido, recoger las actas, ingresar al Colegio el porcentaje correspondiente del partido arbitrado la semana anterior, etc.  Un armario de oficina y una estantería repleta de carpetas, ficheros y archivos, completaban junto a un par de sillas, el mobiliario de aquella especie de sacristía. Una foto del Caudillo presidía la pequeña estancia, como obligado cumplimiento en cualquier actividad pública ya que hablamos en concreto de 1966, al mismo tiempo que un útil almanaque anual de Bodegas Gomara, colgaba en el hueco que quedaba libre.

Esa oficina conectaba con  otra, de similares dimensiones,  que acogía el despacho del delegado, en aquellos años Ricardo de la Torre Martín, ex árbitro que estuvo presente en la inauguración de La Rosaleda en 1941 como juez de banda y que desde muy joven fue funcionario del ayuntamiento de la ciudad. Hombre serio pero muy afable que aglutinó para acompañarle en esta su gestión directiva, entre otros a su hermano Paco, conocido comerciante de la zona céntrica de la ciudad; a Pepe Gallo…..,  y mantuvo muy buenas relaciones con la Federación Andaluza de Fútbol que, en Málaga, presidía el médico traumatólogo Pedro Luís Alonso Oliva con la ayuda de su secretario,  otro buen amigo de los árbitros malagueños como fue Pepe de la Heras, publicista con despacho en la calle Cárcer.

 

Pero el maestro de ceremonia y responsable de que todo funcionase con la suficiente celeridad era Pedro Antúnez Doblas, que actuaba de secretario una vez abandonada su titularidad, después de tres temporadas como árbitro de 2ª División desde la temporada 63-64.  Pese a las reducidas dimensiones de aquella delegación deportiva, imperaba una ágil dinámica y actividad incesante, multiplicada por diez todas las tardes de los viernes, día en que se entregaban los nombramientos y se juntaba la plana mayor del colectivo. Además de todo eso y del humeante ambiente creado por el tabaco, omnipresente en la época, el teléfono no paraba de sonar precisamente en esas horas, lo que confería un especial carácter de verosimilitud y suma operatividad en ese olvidado rincón de la Málaga de ayer.

 

Los nombramientos se cantaban

¿Y cómo se juntaban tantos árbitros en aquel pequeño lugar?  Lo cierto es que la buena voluntad colaborativa era para nota cuando el señor Vicente, el encargado de vocear los nombres de los árbitros, se situaba en el centro del citado patio, sosteniendo con habilidad sibilina el montón de actas grapadas a los nombramientos, mientras los árbitros de todas las categorías, ocupando patio, pasillo y escaleras, esperábamos expectantes ser citados para recibir los papeles y averiguar al fin tras toda una semana de conjeturas, adónde le tocaba actuar el domingo:

-Señor Moreno Zayas; señor Cristobal Morales; señor López Reyes; señor Garrido… eran los primeros en ser nombrados puesto que eran los de tercera, la máxima categoría que tenía aquel año el Colegio de Málaga tras la retirada de Antúnez en segunda.

A continuación, el veterano y bondadoso señor Vicente, como si cantara, proseguía elevando su voz para ser escuchado a duras penas con claridad. Ahora les tocaba el turno a los nombramientos por la primera regional, luego la segunda y los juveniles para terminar con los infantiles.

-Señor González Torres; señor Mediato; señor Antolín; señor Mérida; señor Calvo; señor Ortíz;  señor Ruíz; señor Muñiz; señor Valverde; señor Pineda; señor Requena; señor Martín Navarrete; señor Cordero; señor Narváez; señor Rodríguez; señor Ponce; señor Palmerola; señor Casado; señor Bernal…

Lo realmente divertido, visto con la perspectiva del tiempo, eran las tardes invernales de lluvia, cuando el patio se llenaba además de paraguas y la media hora larga que duraba la entrega de nombramientos se convertía en una autentica odisea para salvaguardar los papeles de la impertinente lluvia.

La ventaja que esas escenas tenían a pesar de las incomodidades que se sucedían por las razones de espacio aludidas, es que justo al lado del Colegio, casi puerta con puerta, se encontraba un establecimiento hostelero que en aquellos años gozaba de gran popularidad, junto a otros que aún perduran en la memoria de los más veteranos. Se trataba de La Valdepeñense, establecimiento que, como propio nombre sugiere, suministraba los excelentes vinos hispanos aunque también poco ponderado por algunos como es el vino de Valdepeñas.

El caso es que, pese la diversidad de opiniones en cuanto a la calidad de esos caldos, el bar a esas horas del atardecer, entre las siete y las nueve, se encontraba a rebosar. Un vinito y una buena tapa del variado surtido local, proporcionaba cierto aguante gastro-lúdico, en el caso que la entrega de los nombramientos se retrasase. En ocasiones, la sucesión de convidás entre los grupos que se formaban, ya valía para dar por válida la cena en su conjunto.

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Ahora, cincuenta años después, cuando el tiempo ha volado a velocidad de vértigo y tratamos de rememorar algunos detalles sobre las experiencias impagables que nos tocó vivir dentro de un grupo humano tan diverso y plural en edades, caracteres, condición y visión general que cada uno tenía ante la vida, debemos situarnos en los escenarios correspondientes a una Málaga que bien poco se parece a la actual. Todo cambia. Y las ciudades, humanizadas al fin y al cabo, se transforman en una mutación obligada siempre con el intento de mejorar en todos sus ámbitos.

 

El cine, como diversión príncipe

El cine, era la diversión más importante en aquellos años  para el común de la ciudadanía. El equivalente a una gran ventana abierta al mundo para regocijo de grandes y chicos. Si Echegaray, Albéniz, Málaga Cinema, Goya, Victoria o  Alkázar se consideraban, por céntricos, los de mayor relieve al proyectarse películas de estreno, el resto de pantallas distribuidas por los barrios, significaban de igual modo el equivalente a ser los templos del recreo familiar. Aunque con precios más asequibles.

Familias enteras podían disfrutar de dos películas de reestreno por un importe más que módico para la época. Y así, el Duque en El Molinillo; Avenida, Capitol y Cairy en calle Mármoles; Moderno en La Trinidad y Royal y Plus Ultra en El Perchel, acogían a partir de las cinco de la tarde a las multitudes, si entendemos por multitud en cada sala, a cien, doscientas, trescientas personas que, para un sector determinado de la ciudad, no estaba nada mal.

Las películas del oeste americano fundamentalmente, las de tema bélico, las de humor tipo Cantinflas, las italianas de Gina Lollobrígida o Sofía Loren y las llamadas entonces españoladas en blanco y negro muy perseguidas por la censura, eran el menú al que se tenía acceso. Y pare usted de contar. Una señora en bikini, ni de lejos, una falda corta solo hasta la rodilla y una delantera como dios manda… solo la que tenían algunos equipos de fútbol.  Así hasta que llegó el destape mucho después, ya bien entrados en los años setenta.

¿Y cómo olvidar los buenos bares?

En aquella Málaga a la que nos referimos, el otro aliciente junto al cine que ya disfrutábamos los jovenzuelos que acabábamos de estrenar pantalones largos, eran los bares de la época.  Hemos mencionado La Valdepeñense, por estar situada junto al Colegio de Árbitros pero en el centro de la ciudad existían, en mucha menor medida que en la actualidad, infinidad de establecimientos para delicia de todos.

Por aquellos años estaba muy de moda la cadena de El Boquerón de Plata. En calle Alarcón Luján el primero que se abrió y en calle Bolsa el segundo. Por cinco pesetas, caña de cerveza y platito con ocho o diez  gambas. El equivalente a tres céntimos de euro actuales… ¿Era posible? ¿Somos o no somos auténticos vejestorios quienes conservamos en la memoria semejante diferencia de precios?  

Muy cerca de la calle San Telmo, existió y aún hoy continúa aunque con otro diseño, el pequeño Pasaje Heredia, lleno de locales comerciales desde zapaterías, perfumerías, estanco y un bar que servía una cerveza de grifo que si no era excepcional a muchos nos lo parecía. Era el bar Las Baleares, ya desaparecido pero que también marcó época. Al igual que La Buena Sombra en calle Sánchez Pastor; La Campana en calle Granada; La Reja o Casa Bárcenas en la Plaza de Uncibay…. Y así hasta ciento.

Si hemos hablado de los cines y de algunos bares como lugares de esparcimiento, no podemos olvidar los campos de fútbol distribuidos por los cuatro puntos cardinales de Málaga y a los que la gran mayoría  de quienes fuimos árbitros, conocíamos desde que tuvimos el uso de la razón futbolística. La Rosaleda era para nosotros la catedral del fútbol, en donde esta alineación permanece de modo indeleble marcada a fuego :  

Américo, Barrena, Lorenzo, Pellicer; Ben Barek, Blas; Bruna Coco, Mendi, Pipi y Bernardi.  Pero fuera y aparte del estupendo estadio local, todavía sin luz artificial y sin más graderío que las quince o veinte filas que rodeaban el campo de juego, las opciones para ver fútbol modesto estaban perfectamente delimitadas en cada distrito, cada uno con su correspondiente campo de fútbol.

 

El llamado fútbol modesto

 Y fue en esos terrenos de juego, ásperos y polvorientos en los que la yerba no asomaba ni de casualidad, en los que la mayoría de nosotros puede decirse que echamos los dientes y aprendimos a querer el fútbol. A comprenderlo y a tratar de emular a los ídolos del momento, a los que tan solo conocíamos a través de los cromos que cada temporada aparecían en sobrecitos con los que se podía rellenar un álbum. Auténtico tesoro que, a base de paciencia, se rellenaba con el transcurrir de varios meses.

Segalerva, en el barrio del mismo nombre, junto al Colegio de los Salesianos; San Ignacio en El Palo; el campo del Mato y Alberola; el campo de la llamada Escuela de Franco, junto a La Rosaleda; el campo de la Misericordia; el llamado estadio olímpico de Carranque; el campo de la Olímpica Victoriana, durante unos años compartiendo actividad como Cine Lafuente y el más nuevo de todos en aquellos años, el Campo municipal de Ciudad Jardín, anterior a la actual Ciudad Deportiva actual y construido casi al mismo tiempo que el Canódromo, de efímera existencia.

En todos aquellos campos se podía disfrutar del fútbol base en toda su extensión y magnitud. Desde el Puerto Malagueño, a la Capuchinera, pasando por el San Félix, la U.D. Trinitaria, el Intelhorce C.F., el Atlético Juval; el Gibralfaro, el López Pinto, el Málaga juvenil, el Miraflores  y tantos otros equipo de la ciudad que hacían las delicias de los aficionados.

 De entre todos esos equipos, en los albores de los años sesenta, destacaba un equipo juvenil de modo muy especial: La Araña.  Dirigido por el ex futbolista Pepe Galacho, debía su nombre a la barriada anexa al núcleo de El Palo, al este de la ciudad de Málaga. Y se distinguía del resto de equipos por su sentido de la responsabilidad, la formalidad y la disciplina desde que llegaban a los campos hasta que terminaba el partido.

En ese equipo se formaron jugadores que más tarde lograron hacer fortuna en el fútbol profesional. Aunque se esperaba mucho más de ellos porque en esa etapa de juveniles, lo que demostraban sobre el terreno de juego hacia soñar en un futuro de grandes gestas. Tan solo Conejo, Espejo y Valenzuela alcanzaron cada uno con distinta suerte verdadero relieve en el fútbol de la época.

 

Morales, un coloso malogrado

Pero la gran promesa que tenía a los aficionados entusiasmados, era el delantero Morales. Un jugador colosal, fuera de serie. Pero todo quedó en agua de borrajas pese a los buenos augurios por circunstancias que más vale no recordar. Tan solo, sacar de un cajón de nuestra memoria en la que se conservan las imágenes en blanco y negro, con cierto ritmo cinematográfico, de un partido disputado en San Ignacio una domingo invernal por la mañana, entre La Araña y el Atlético Malagueño para la llamada Copa Gobernador Civil.

Con el campo inundado de agua por muchas zonas, tras una tormenta de última hora que dejó el campo impracticable, La Araña necesitaba un último gol para clasificarse pero en esas circunstancias, organizar el juego era tarea imposible. A falta de dos minutos para terminar el partido, un córner a favor de La Araña precisamente en el área en que había quedado una enorme laguna como consecuencia de la gran descarga de agua.

 Morales se acerca al córner y le pide al compañero que le eche el balón a media altura y con habilidad circense, domina la bola haciéndola botar sobre sus rodillas una y otra vez, al tiempo que avanza chapoteando sobre el agua y hacia la portería, sorteando a los defensas que no se atreven a entrarle por miedo a cometer penalti.  En un santiamén, ante la incrédula mirada todos, incluidos  los espectadores que abarrotaban el recinto, aguantando impertérritos las inclemencias del tiempo, Morales se mete en el área chica, deja caer el balón y fusila un gol como nunca hemos vuelto a ver, más propio de dibujos animados. Fue la locura colectiva, como es fácil imaginar.

Aprendíamos, claro está, lecciones de fútbol y lecciones de arbitrajes. Porque con esas tempranas edades uno se quedaba con la copla rápidamente a poco que prestaras atención sobre cómo debían ser las cosas en su justa medida. Y la figura del árbitro, tan denostada aún más en aquellos años lejanos, llamaba la atención por la habilidad con que algunos de ellos, sorteaban las adversidades y los improperios que las almas caritativas les dedicaban con especial devoción…

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Quedan, de aquella lejana época las lecciones aprendidas de los árbitros más mayores, tanto a nivel deportivo como a nivel humano. Y en términos generales, quienes pertenecimos a ese Colegio de árbitros situado en la calle San Telmo, conservamos un excelente recuerdo de las personas que componían el colectivo, en el que la ilusión por ascender estaba en la mente de todos. Aunque bien es cierto que no todos manteníamos la disciplina necesaria  para llevar a cabo ese objetivo, reservado según lo visto y comprobado, solo a quienes se lo tomaban muy en serio. Tanto, que luego vieron recompensado el sacrificio, a base de cuidar al detalle las exigencias que todo deportista necesita vigilar.

Un viaje a Sevilla, a por el título

En el otoño de 1966, cinco integrantes del Colegio Malagueño fuimos designados para acudir a Sevilla y  obtener, previo examen escrito y práctico, el título oficial de árbitro. Era requisito imprescindible acudir a la capital hispalense porque allí estaba la sede principal de la Federación Andaluza de Fútbol y Málaga todavía no había despegado, ni despertado de su letargo tanto en este, como en otros muchos e importantes temas, supeditados a lejanas instancias.

Todos los años se realizaba parecida operación. Pero lo que llamaba la atención, hasta extremos más que suspicaces y dudosos, es  que tras más de medio siglo de existencia de fútbol de competición en España, todavía no habíamos tenido un árbitro malagueño en Primera División. De modo que con la ilusión de que ya tocaba, y pensando que entre alguno de nosotros podía estar un buen Primera en un futuro no lejanonos embarcamos en un vetusto pero amplio taxi, con capacidad para siete personas, rumbo a Serva La Bari, cinco de los jóvenes árbitros con mejor puntuación, algunos con el Trofeo al mejor árbitro juvenil en su haber y muchas ilusiones como todo equipaje.

Martín Navarrete, Cordero, Narváez, Rodríguez y Palmerola.  El taxi arrancó del Bar Los Bilbaínos que estaba situado en la Alameda. Y Camino de Colmenar arriba, enfilamos la Cuesta de la Reina en una interminable caravana, como era de rigor. Era la única carretera para salir de Málaga y conectarse con el mundo por el norte de la ciudad, Y siempre coincidía por ese además único carril, ojo que estábamos ya en 1966, con algún camión que subía a velocidades más que discretas o el Alsina camino de Granada, que tampoco se las daba de ligero. Total tres horas, el trayecto Málaga – Sevilla.

 

 

Salimos de Málaga a las tres, a las seis llegamos a Sevilla y directos al lugar que nos indicaron para efectuar el examen escrito, que seguramente sacamos adelante sin excesiva dificultad. Y tras ese par de horas que pudo durar como mucho la estancia en el aula examinadora, a esperar la mañana siguiente para poner sobre el terreno de juego la capacidad real que cada cual demostrara y tener acceso al deseado título.

¿Y cómo entretiene el tiempo nocturno un reducido grupo humano compuesto por cinco chavales de entre diecisiete y veintipocos años, en una ciudad como Sevilla que invita a todo?

Eso se lo pregunta usted a ellos…. Parece decir la voz en el aire.

Lo cierto, según nos cuentan, es que ese viaje se convirtió en memorable, por una serie de circunstancias que lo rodearon de principio a fin y que les valió de gran experiencia a los cinco integrantes del mismo. El cúmulo de anécdotas y de incidencias de los más variados signos que aquellas criaturas llegaron a vivir, permiten aventurar que de allí bien podía haber salido un magnífico guión para una película costumbrista, con altas dosis de suspense, aliñado con misterio, cine negro y humor a la italiana de la época… Lo cierto es que si la Alameda de Hércules hablara, tendría trabajo durante horas, porque entre la alevosía y la nocturnidad, al grupo en cuestión le pilló la madrugada, la brisa del Guadalquivir, los wiskis on the rocks y alguna que otra música y tonadilla entonada por unas damas que destaparon sus esencias amorosas. ¿El grupo hizo bien, teniendo en cuenta que al día siguiente tenía un exámen importante? Bueno… si a esas edades no escribes un poco de historia con cierta enjundia, qué les vas a contar de viejo a tus amigos…? Porque a los nietos, está claro que no procede. Más que nada porque se pueden reir a mandíbula batiente si comparan aquellas historias del cuplé con lo que ahora dicen que se cuece entre las nuevas generaciones.

 (pendiente de revisión y sigue…)